lunes, 6 de abril de 2015

La Prehistoria

La prehistoria es la época en la que sabemos que hubo hombres en la tierra por los restos que nos dejaron. No tenemos constancia escrita del paso de estas gentes. Todo lo que sabemos de ellos lo hemos deducido por los restos encontrados.
El hombre habita la Tierra desde hace muchos miles de años.  Sabemos que la presencia humana en la Península Ibérica se remonta a unos 800.000 años, tras el descubrimiento de uno de los primeros antepasados de los seres humanos en el yacimiento de  Atapuerca en Burgos. El hombre que vivió allí se le ha bautizado como Homo Antecessor.

La prehistoria se divide en grandes periodos: Paleolítico, Neolítico y Edad de los metales.



Los hombres de la prehistoria tenían sus dioses. También trataban de una manera especial a sus muertos. Construían menhires y dólmenes para honrar a sus muertos.




A comienzos del siglo XIX, Christian Jurgensen Thomsen fue encargado de realizar una clasificación de los materiales que componían las colecciones del Museo Nacional de Antigüedades de Dinamarca. Basándose en una cierta idea de progreso tecnológico a lo largo de la historia humana, Thomsen creó lo que se ha denominado Sistema de las Tres Edades, que después se ha visto más o menos confirmado por los hallazgos de la mayor parte del Viejo Mundo. Esta periodización divide la Prehistoria en tres partes: Edad de la Piedra, Edad del Bronce y Edad del Hierro. En 1865, John Lubbock dividió la primera Edad en dos términos distintos, el Paleolítico (Edad de la Piedra Antigua o de la piedra tallada) y Neolítico (Edad de la Piedra Nueva o de la piedra pulimentada). A estas divisiones se añadieron en épocas posteriores el Epipaleolítico/Mesolítico, que hace referencia a los cazadores-recolectores postglaciales, en vías o no de neolitización, y el Calcolítico o Edad del Cobre, que cubre la etapa postneolítica en la que comienza la metalurgia.
En principio, esta periodización es esencialmente válida para Eurasia, y por tanto es la más usada en la Península Ibérica, y tal vez también para África, pero carece de aplicación completa en América, donde no llegó a desarrollarse una verdadera metalurgia hasta la llegada de los europeos, o en Australia, continente en el que los modos de vida paleolíticos han pervivido hasta la actualidad. Hay que tener en cuenta además que incluso en el Viejo Mundo muchas de estas etapas no son realmente prehistóricas, ni mucho menos consecutivas, puesto que las primeras civilizaciones orientales, como Mesopotamia o Egipto, estaban ya plenamente formadas en una fase tecnológica equivalente a la Edad del Bronce, mientras que en el África Subsahariana no hay utilización de los metales anterior al 500 a. C. Estos problemas de ajuste cronológico, sin embargo, no restan utilidad al Sistema de las Tres Edades a la hora de concretar el continuo cronológico que es la Prehistoria peninsular, puesto que, en definitiva, cada una de las etapas arriba citadas posee los suficientes contenidos culturales como para poder ser utilizadas en un sentido convencional más o menos amplio.



PALEOLITICO
El Paleolítico o Edad de la Piedra antigua, es el periodo más largo de la historia humana, ya que ocupa el 99,7 % del desarrollo de nuestra especie. Cronológicamente corresponde al estudio de las culturas que hubo en el planeta desde la aparición del género Homo, hace unos 2,5 m.a., hasta el inicio del Holoceno en el 10.000 B.P., aproximadamente. Tradicionalmente este periodo se identifica con la larga etapa depredadora del hombre, aquella parte de su pasado en la que vivió de la explotación de los recursos naturales, sin llegar a producir alimentos mediante la domesticación de animales y plantas. En tan dilatado tiempo nuestra especie alcanzó sus rasgos físicos actuales, colonizó casi todo el planeta y desarrolló sus capacidades intelectuales, tal y como las conocemos hoy en día. El hombre paleolítico no sólo fabricó instrumentos más o menos sofisticados, sino que también dominó el fuego, inventó la navegación, construyó las primeras viviendas, practicó ritos religiosos, creó algunas de las obras maestras del arte universal y dominó el lenguaje hablado. En definitiva, todas las constantes de la humanidad aparecieron durante el Paleolítico mediante un lento proceso evolutivo, cuyas circunstancias sólo pueden ser descubiertas y explicadas tras sofisticadas investigaciones en las que es preciso ayudarse de todos los recursos de la ciencia contemporánea. Si se tienen en cuenta todas las profundas transformaciones por las que han pasado las sociedades humanas en esta larga etapa, no es exagerado considerar que se trata, sin duda, de la fase más crucial de la Historia y que en ella hay que buscar las explicaciones últimas sobre lo que somos como especie.
Desgraciadamente, debido a la característica parquedad de restos que se poseen para la reconstrucción de las sociedades del Paleolítico, el rasgo que puede ser mejor controlado acerca de ellas es sin duda la evolución tecnológica. No es de extrañar, por tanto, que los instrumentos recuperados en las excavaciones arqueológicas sean la base de las sistematizaciones que se han ensayado para esta etapa. En la actualidad este criterio arqueográfico se ha visto complementado con consideraciones cronológicas y antropológicas para elaborar el esquema tripartito más aceptado para su periodización en el Viejo Mundo:
- Paleolítico Inferior: corresponde en general a las primeras culturas, que normalmente están comprendidas entre la aparición de los primeros instrumentos hasta el inicio de las diversificaciones regionales en su manufactura. Es la etapa más larga del Paleolítico, y de la evolución humana por tanto, ya que dura en Africa desde finales del Plioceno hasta el Pleistoceno Medio avanzado. A nivel antropológico se caracteriza, a gran escala, por la convivencia de diferentes tipos de homínidos y termina con la aparición de los primeros Homo sapiens, generalmente de tipo arcaico.
- Paleolítico Medio: es la fase en la que se desarrollan las primeras tradiciones culturales sincrónicas, normalmente detectadas sobre la base de diferentes complejos industriales compuestos por los primeros instrumentos estandarizados y por técnicas especiales de manufactura que implican estrategias mentales bien definidas. En Europa occidental se considera actualmente que ocupa desde finales del Pleistoceno Medio hasta la mitad de la última glaciación (250.000-35.000 B.P.). Durante el Paleolítico Medio coexisten diferentes tipos de Homo sapiens, pero a nivel europeo sólo parece existir el tipo Neandertal. En esta etapa se manifiestan las primeras inquietudes religiosas bajo la forma de prácticas funerarias.
- Paleolítico Superior: se corresponde con el desarrollo de las últimas sociedades del Pleistoceno (aproximadamente 35.000-10.000 BP), todas ellas compuestas ya por hombres anatómicamente modernos. Aunque la variabilidad cultural de estos grupos es enorme, todos suelen compartir un buen número de rasgos comunes: creencias religiosas elaboradas, manifestaciones artísticas de todo tipo, adornos personales, instrumentos líticos y óseos altamente especializados, proliferación de herramientas compuestas y nuevas técnicas de manufactura cada vez más efectivas, así como una tendencia acelerada a especializarse en la explotación intensiva de los recursos de todo tipo de entornos geográficos. No hay que olvidar que es durante esta fase cuando el hombre coloniza América y Oceanía.

Cada una de las etapas en las que se subdivide el Paleolítico está compuesta por un número variable de industrias o complejos industriales que son las verdaderas unidades sobre las que se efectúan las reconstrucciones culturales. Estas industrias son asociaciones recurrentes de instrumentos que tienen un significado espacial y cronológico lo suficientemente definido como para poder identificarlos con grandes tradiciones culturales. El estudio del utillaje de las poblaciones paleolíticas tiene por tanto un valor especial, puesto que la tecnología es en definitiva el sistema a través del cual el hombre se relaciona con el medio y frecuentemente estos artefactos son los únicos testimonios que atestiguan sus pasadas actividades.

Los materiales que el hombre paleolítico utilizó para manufacturar sus herramientas de piedra son relativamente variados y pertenecen a un conjunto de rocas y minerales que presentan ciertas propiedades ventajosas: son duros, tenaces, relativamente frágiles y presentan fractura concoidea. Normalmente se trata de variedades silíceas (sílex o pedernal, calcedonias, jaspes, cuarzo, cuarcita, basalto, obsidiana...) que resultan muy abundantes en todas las regiones del planeta, sobre todo bajo la forma de cantos rodados en los aluviones de los ríos, pero en zonas donde estas rocas no eran accesibles se talló incluso la caliza.

Una vez obtenidos los nódulos de materias primas, eran trabajados posteriormente mediante talla por percusión directa, por percusión indirecta (con un cincel) o por presión, obteniéndose de este modo una serie de productos de talla (lascas u hojas, según sus dimensiones) que podían utilizarse en bruto, gracias a sus filos cortantes, o bien podían ser transformados, mediante retoques en los bordes, en instrumentos más elaborados. El nódulo así explotado se denomina núcleo y se caracteriza a nivel morfológico por los negativos de las extracciones que ha sufrido. A la estrategia que los artesanos prehistóricos siguieron en la talla de los núcleos se la denomina cadena tecnológica y es uno de los criterios que tiene mayor contenido cultural dentro del estudio del Paleolítico, puesto que se trata de una serie de pautas que necesitan ser aprendidas mediante una enseñanza especializada.

La transformación de estos elementos tecnológicos en utensilios de morfologías distintas proporciona otro criterio de diferenciación cultural. Estas variedades formales (tipos líticos) se estudian a nivel descriptivo mediante Tipologías, que son las que permiten comparar las frecuencias con las que aparece cada instrumento en las diferentes industrias. Un aspecto más complejo es determinar la función de cada tipo, ya que muchos de ellos, sobre todo en las fases más arcaicas del Paleolítico, servían para varios propósitos a la vez. Sólo en el Paleolítico Superior parece existir una progresiva especialización en las tareas a las que se destina cada útil, lo que lleva aparejada una amplia diversificación en su tipología.


PALEOLITICO INFERIOR

Tal y como se ha dicho es muy probable que algunos antepasados del hombre hayan utilizado piedras o palos como actualmente lo hacen los chimpancés. Una capacidad instrumental de este tipo ya fue sugerida por L. Leakey en el caso del yacimiento mioceno de Fort Ternan, donde no sería extraño que un antepasado de los homínidos hubiera utilizado piedras para partir frutos. La capacidad, sin embargo, de manipular materiales para darles una forma que se adecue mejor a una función específica y, sobre todo, de conseguir morfologías estandarizadas mediante esas transformaciones, es típicamente humana y ni siquiera los australopitecos, autores de una supuesta industria sobre hueso según R. Dart, la han mostrado. Las primeras industrias, por tanto, son también los indicios culturales de la existencia de un representante del género Homo, aunque no haya dejado restos de sí mismo, y al igual que los homínidos más primitivos sólo aparecen en el continente africano.

Hasta ahora los instrumentos más arcaicos que se han encontrado proceden de Hadar, en Etiopía, de la formación Shungura en el río Omo y de otras localidades del Este africano. Tienen una edad comprendida entre 2,5 y 1,8 m. a. y, por tanto, resultan más antiguos que los primeros restos de H. habilis. A partir de esta fecha, según la evidencia aportada por los yacimientos de la garganta de Olduvai y coincidiendo casi con la aparición de los erectus, el Paleolítico Inferior africano se sistematiza tradicionalmente en torno a dos grandes complejos industriales: el Olduvaiense o Pebble culture y el Achelense.

El primero de dichos complejos, según las definiciones clásicas de Clark y Movius, está compuesto casi exclusivamente por cantos rodados con filos cortantes obtenidos mediante algunas extracciones sumarias unifaciales o bifaciales (choppers y chopping-tools). Las lascas casi sin retoques que acompañan a estos cantos proceden con toda probabilidad de su talla. Esta industria parece enriquecerse posteriormente con otros tipos líticos (poliedros, discos, bolas, lascas retocadas...) en lo que M. Leakey ha denominado Olduvaiense Evolucionado. Este complejo industrial está presente en Africa hasta el Pleistoceno Medio.

Sin embargo, desde hace 1,4 m.a. (Bed II de Olduvai) en las secuencias africanas comienza a aparecer otra industria distinta: el Achelense. Se trata siempre de industrias que presentan la trilogía bifaces, hendedores y triedros. Su esquema evolutivo teórico, claramente importado de Europa, es tripartito (Achelense Inferior, Medio y Superior, según el grado de supuesta evolución industrial), pero está actualmente en revisión, porque las supuestas fases arcaicas faltan y, sin embargo, el Achelense Superior existe desde hace más de 500.000 años. Parece llegar hasta hace 200.000, para ser sustituido posteriormente por la Middle Stone Age (Paleolítico Medio africano). Geográficamente su extensión es mayor que la del Olduvaiense, aunque en Africa occidental sigue siendo escaso. Al sur del Sahara sólo hay localizaciones esporádicas o bifaces recogidos en superficie. La mayor concentración de yacimientos bien excavados se da en Africa Oriental y en varias zonas del Magreb.

En algún momento de esta evolución, el hombre salió de Africa y colonizó Asia y Europa. El origen del poblamiento de este continente es periódicamente objeto de debates. Para algunos investigadores existen yacimientos desperdigados (Sandalja I, Chilhac, Saint-Vallier, terrazas del Rosellón...) que podrían probar la presencia del hombre entre 2,5 y 1,5 m.a., pero se trata de evidencias que no resisten un examen crítico riguroso. De hecho, la mayor parte de los especialistas está de acuerdo en que la aparición del hombre en Europa se produjo tal vez hace más de 1 m.a., o sea, a finales del Pleistoceno Inferior, pero que sólo los yacimientos datados a partir de 650.000 años comienzan a ser fiables, aunque en el yacimiento de la sierra de Atapuerca se han datado restos alrededor de los 800.000 años. En cualquier caso, las fechas anteriores a 400.000 años son muy escasas y presentan límites cronológicos demasiado amplios como para poder utilizarlos en una secuencia. Únicamente entre 350.000 y 250.000 parece haber un grupo consistente de yacimientos del Paleolítico Inferior, asimilados en este caso al Achelense pleno.

Se ha sugerido que este retraso en la colonización europea tal vez tenga una explicación ecológica, ya que el clima de nuestro continente es notablemente más frío que el de Africa, especialmente durante las glaciaciones cuaternarias. El hombre, por tanto, sólo podría haberse asentado en estas latitudes después de que hubiese alcanzado cierto nivel cultural, sobre todo en lo que respecta al dominio del fuego, nivel que puede que no tuvieran los primeros homínidos que salieron de Africa.

Otra explicación posible es que, como parecen demostrar los estudios geológicos, Europa realmente nunca estuvo accesible para estas sociedades, que carecían de embarcaciones, más que a través de Asia Menor o incluso de las llanuras de Ucrania, ya que el estrecho de Gibraltar nunca estuvo emergido durante el Cuaternario. Si esto es cierto, todo parece indicar que Europa quedaría aislada del resto del mundo durante las máximas pulsaciones glaciales, puesto que al sur de Rusia se instalarían condiciones periglaciales que impedirían el paso a cualquier grupo humano no adaptado a vivir en semejante ambiente. Una prueba a favor de esta hipótesis es que las sociedades del Paleolítico Inferior jamás llegaron a colonizar el norte de Europa y sus asentamientos rara vez superan los 52°- de latitud.

Desde un punto de vista arqueológico, el Paleolítico Inferior europeo parece responder a pautas semejantes a las africanas en un comienzo para ir lentamente adquiriendo rasgos específicos. Su evolución parece responder a un gran tronco achelense, a veces sin bifaces a causa de condicionantes de la materia prima, que pasa hacia una diversificación clara a finales del Pleistoceno Medio. Es de señalar que esta idea coincide con lo que sabemos hoy en día de la diáspora de erectus fuera de Africa. Así, el poblamiento asiático tuvo lugar hace casi 1,8 m.a., antes de que se desarrollara el Achelense africano, y por eso esta industria no existe entre los primeros homínidos del Lejano Oriente. Sin embargo, tuvo que haber otra oleada más tardía de emigrantes, porque el Achelense se expandió por Oriente Próximo y Europa en fechas posteriores, curiosamente cuando en Africa ya parece existir un Achelense Superior.

Así, aunque las supuestas industrias más arcaicas de Europa hayan sido bastante parecidas al Olduvaiense africano, siempre se evitó utilizar este término para referirse a ellas, prefiriendo los autores clasificarlas en un Complejo de Cantos Trabajados o, de modo mucho más provisional, en un indefinido Paleolítico Inferior Arcaico (Preachelense). Esta indecisión era debida al escrúpulo implícito de considerar esta nomenclatura como equivalente a reconocer una colonización africana de nuestro continente vía Gibraltar o el istmo Sículo-Tunecino en épocas regresivas, toda vez que estos hipotéticos puentes de tierra nunca han estado realmente abiertos, tal y como se ha comprobado por estudios geológicos del fondo del Mediterráneo. A pesar de eso el argumento anterior se ve puesto en duda, aunque con reservas, en los países meridionales (España e Italia), sobre todo al haberse detectado algunas faunas africanas en esta parte de la Península (jerbo en Andalucía, puercoespín en ambos países...) a causa del indudable africanismo de algunos grupos achelenses ricos en hendedores y triedros, instrumentos raros en el resto de Europa.

La evidencia peninsular es del máximo interés para colaborar en esta discusión. En principio, el Paleolítico Inferior, entendido como Achelense más o menos pleno, está bien representado en todos los rincones de la Península bajo la forma de instrumentos líticos esparcidos por las terrazas fluviales y otras formaciones cuaternarias. Estos hallazgos permiten insertar nuestra dinámica industrial con la conocida en el resto de Europa, aunque aquí haya elementos claramente individualizables. Las supuestas industrias más arcaicas que se han citado en numerosas ocasiones, o no superan los 700.000 años, caso de Cúllar-Baza 1 (Granada), o son mucho más jóvenes aún, caso de El Aculadero (Puerto de Santa María, Cádiz), o son poco fiables todavía, como es el caso de Venta Micena (Granada) y cueva Victoria (Murcia).

Los conjuntos mejor conocidos de la Península pertenecen al Pleistoceno Medio en todas sus fases. Un grupo importante de ellos procede de depósitos fluviales estudiados en conjunto, como los del Manzanares, Jarama, Tajo, Duero, Tormes, Guadalete o Guadalquivir. Dentro de ellos hay yacimientos bien controlados atribuibles a diferentes estados evolutivos del Achelense, como es el caso de Pinedo (Toledo), La Maya (Salamanca), San Quirce (Palencia),Aridos I y II o Arriaga II. Otros proceden de cuencas sedimentarias en vías de estudio, como Cúllar-Baza 1 o La Solana del Zamborino (Depresión de Guadix-Baza, Granada), Las Gándaras de Budiño (Pontevedra), Cuesta de la Bajada (Teruel) y Torralba-Ambrona (Soria). A finales del Pleistoceno Medio, y ya clasificables en el Paleolítico Medio, se producirían un grupo de ocupaciones, clasificables como Achelense Superior o Premusteriense, que se darían ya en cueva como Bolomor (Valencia), la base de El Castillo (Cantabria) o de Cueva Horá (Granada) y la cueva de las Grajas (Málaga). También habría que incluir en este capítulo a las ocupaciones superiores del complejo kárstico deAtapuerca, aunque aquí las hay también anteriores al Paleolítico Medio.

Es de señalar que, al igual que sucede en el sur de Francia, las ocupaciones detectadas en cuevas y abrigos presentan diferencias instrumentales respecto a las localizaciones al aire libre que sin duda reflejan las distintas actividades realizadas en cada tipo de hábitat y la distinta actitud frente a la materia prima de cada clase de ocupación.

Por último, es necesario señalar que los nuevos trabajos realizados en la Península confirman las interpretaciones más modernas, procedentes de A. Tuffreau y G. Bosinski, al reconocer la aparición del Paleolítico Medio como una tendencia evolutiva que cristaliza en toda Europa en el Pleistoceno Medio avanzado. Sus características básicas son la aparición de técnicas de talla especializadas (Levallois y afines), y la diferenciación industrial de base regional cómo adaptación cultural a diferentes entornos. Sólo así puede explicarse que al final del Pleistoceno Medio e inicios del Superior coexistan en el Occidente europeo un número tan grande de industrias distintas (Achelense Superior bajo diversas formas, Epiachelense, varios tipos de Musteriense, complejos de tipo Biache-St. Vaast y otras industrias aún mal definidas, algunas de ellas con técnicas de talla laminar que parecen no perdurar en el Würm).


PALEOLITICO MEDIO

En Europa occidental ha sido habitual hasta hace poco mantener una amplia identificación del Paleolítico Medio con el Complejo Musteriense. Hoy en día este paralelismo está en crisis, porque, como hemos visto, se piensa que el primero es un concepto tecnológico esencialmente. En Europa comienza a partir del Achelense Medio avanzado (situado a finales del Pleistoceno Medio, desde hace unos 250.000 años), mientras que el denominado Complejo Musteriense es una industria europea del Pleistoceno Superior, para algunos autores incluso sólo del Würm inicial (inicios en el 90.000; finales hacia el 35-30.000).

El Musteriense fue originalmente definido por G. de Mortillet en el abrigo superior de Le Moustier (Dordoña, Francia) como época de la punta de mano. Tras el hallazgo de los enterramientos (?) de Spy (Bélgica), el Musteriense se identifica como la industria del hombre de Neandertal. A principios de siglo los trabajos de Commont, Peyrony, Breuily otros determinan la existencia de diferentes tipos de musterienses (de tradición Achelense o MTA, de tipos pequeños, cálido...), nomenclaturas hoy en día en desuso en su mayor parte. Para Breuil sería un complejo cultural paralelo al Levalloisiense, industria definida en los depósitos de loess del norte de Francia en los años 30, con VII estadios. El hallazgo fundamental de esta etapa es el realizado por D. Peyrony en el abrigo inferior de Le Moustier -el superior había sido ya excavado en su totalidad-, al encontrar dos tipos de Musteriense distintos interestratificados. Esto determinó que los distintos Musterienses no se considerasen etapas industriales, sino facies (industrias más o menos contemporáneas).

En la posguerra se produce la adopción generalizada del llamado método Bordes en sus tres parámetros fundamentales: tipología y aparato estadístico, esquema cronológico del Pleistoceno Superior, refrendado posteriormente por los trabajos de H. Laville en los abrigos del Perigord, y valoración teórica de las unidades industriales. Hoy en día el paradigma bordesiano puede considerarse en crisis a causa de la revolución causada por las nuevas fechas TL para el Musteriense francés y del Próximo Oriente y los últimos hallazgos paleoantropológicos (St. Césaire) y la consiguiente reevaluación de las asociaciones culturales de los neandertales.

A pesar de todo, la definición del Complejo Musteriense es inseparable del método Bordes ya que está condicionada por su utilización. En efecto, el porcentaje de raederas fue el criterio que en 1953 permitió a F. Bordes organizar los distintos Musterienses en los siguientes grupos:

I) Grupo Charentiense. Caracterizado por tener muchas raederas. Contiene dos facies tecnológicas: Musteriense de tipo Quina, sin técnica Levallois, y Musteriense de tipo Ferrassie, con técnica Levallois.

II) Índice de raederas medio. En este grupo se incluyen dos tipos de Musteriense de distinción tipológica: Musteriense típico, con un reparto instrumental equilibrado y prácticamente sin bifaces y Musteriense de Tradición Achelense (MTA), que tiene dos variedades importantes (tipo A, con numerosos bifaces, y tipo B, con un número discreto de bifaces, pero abundantes cuchillos de dorso típicos).

III) Bajo porcentaje de raederas, lo que equivale a decir, según el método Bordes, que tiene abundantes denticulados y muescas. Es el denominado Musteriense de denticulados.

Cada uno de estos tipos puede presentar en teoría facies tecnológicas levalloisiense o no, pero en la práctica sólo la distinción entre los tipos Quina y Ferrassie tiene alguna relevancia a nivel clasificatorio. Existen otras industrias incluidas en este Complejo, como el Vasconiense, que según Bordes es un Musteriense que presenta hendedores. Restringido a la región cantábrica española (El Castillo, Morín, El Pendo...) y a la región vasca francesa (Abri Olha), hay muchos autores que niegan su distinción formal.

La aplicación del método Bordes al Musteriense francés permite considerar que se trata globalmente de un Complejo que se caracteriza a nivel industrial por ser un repertorio monótono, mayoritariamente elaborado sobre lasca, aunque los hay con fuertes porcentajes de soportes laminares, que puede emplear o no la técnica Levallois y que consta de porcentajes variables de puntas, raederas, denticulados y muescas. En algún caso puede presentar bifaces cordiformes y triangulares (el MTA de tipo A) o atípicos (el resto). A nivel cronológico este Complejo es estrictamente würmiense, aunque existen dos problemas básicos en la aplicación de este criterio: hay otras industrias contemporáneas en Europa (los Micoquienses, el Achelense Superior...) y existen industrias iguales en el Pleistoceno Medio final (los Premusterienses para F. Bordes).

En el plano antropológico está asociado a Homo sapiens neandertalensis, pero hay que tener en cuenta que hay facies que no presentan tipos fósiles asociados hasta ahora (el MTA -sobre todo), que también existen niveles musterienses con restos de Homo sapiens sapiens, sobre todo en Próximo Oriente (Qafzeh) y ya han aparecido neandertales asociados a industrias del Paleolítico Superior (St. Césaire).

La característica más notable del Complejo Musteriense es que la mayor parte de las industrias que lo forman han aparecido interestratificadas, lo que equivale a decir que son contemporáneas en las mismas regiones durante el Würm inicial (Pleniglacial Inferior). Los yacimientos paradigmáticos en los que se ha comprobado este fenómeno se agrupan en dos regiones diferentes de Francia: la cuenca de París, cuyos yacimientos loéssicos fueron revisados por Bordes, lo que le permitió demostrar la inexistencia del Levalloisiense de Breuil, y los abrigos clásicos de la Dordoña, sistematizados por Bourgon en un primer momento y luego completados por Bordes con excavaciones nuevas. Los principales son Combe Grenal, Pech-de-l'Azé I, II y IV y el abrigo inferior de Le Moustier.

Dejando a un lado que los yacimientos datados en el Pleistoceno Medio hayan sido atribuidos al Achelense Superior o a algún tipo de Premusteriense, ya comentados anteriormente por conveniencia cronológica, la dinámica del Paleolítico Medio español está en gran parte vinculada a los problemas interpretativos del Complejo Musteriense europeo, actualmente en revisión. Desde hace unos años se están publicando un gran número de yacimientos, con análisis ambientales y dataciones, que convierten a este periodo en uno de los mejor documentados del Paleolítico Ibérico.

En la cornisa cantábrica, el Musteriense está documentado sobre todo en las estratigrafías de las cuevas de El Castillo, El Pendo, Morín, Amalda y, tal vez, el tramo superior de Lezetxiki, donde han aparecido interestratificados los tipos Quina, Denticulados, Típico y Vasconiense, repitiendo de algún modo el modelo definido en Aquitania. Más al sur, en la Meseta Central, los únicos tipos representados con certidumbre son el Musteriense Típico de la Cueva de los Casares (Guadalajara) y el Quina casi idéntico de La Ermita, Millán y, tal vez, Valdegoba (Burgos).

En Cataluña los yacimientos más conocidos pueden clasificarse también dentro de la variedad Quina (Els Ermitons), Típico (L'Arbreda) o de Denticulados (Abrí Romaní), aquí asociado a fragmentos de útiles de madera. También en el valle del Ebro se ha encontrado el tipo Quina en el Covacho de Eudoviges (Teruel), y en Peña Miel (Rioja), mientras que en la cueva de los Moros de Gabasa I (Huesca) el tipo Quina encontrado era poco típico. Los nuevos trabajos llevados a cabo en Levante han permitido clasificar varios niveles pertenecientes a las variedades Ferrassie (Pechina) y Típico (Cova Negra), mientras el Quina y el MTA de este último yacimiento son discutibles. También en Portugal se han comenzado a conocer datos modernos sobre su Complejo Musteriense, gracias a los trabajos recientes de L. Raposo y J. Zilhao, pero la mayor parte de las industrias están en fase de estudio y sólo han citado Musteriense de tipo Ferrassie en la Gruta de Figueira (Almonda). Muy interesantes son las dataciones de algunos de estos yacimientos y las estructuras de Vilas Ruivas (Vila Velha de Ródao).

Por lo que respecta a la evidencia de Andalucía y el Sureste, baste decir que es una de las más numerosas de la Península, porque presenta estratigrafías como las gibraltareñas (Devil's Tower y Gorham's Cave), la de cueva Horá (Darro, Granada), la de Zájara I (Almería), la de Cueva Perneras (Murcia) y, sobre todo, la de Carihuela (Píñar, Granada), con más de 40 niveles musterienses, que permiten trazar una secuencia detallada de la primera parte del Pleistoceno Superior y definir un Musteriense Típico muy similar al europeo, bastante homogéneo y muy persistente en el tiempo.

Una aportación decisiva de los últimos trabajos sobre Musteriense ibérico, de cara a la discusión sobre la sustitución del Paleolítico Medio por el Superior, y el consiguiente reemplazamiento del Neandertal por el hombre moderno, ha sido la obtención de cronologías muy tardías para el primero, cuya trascendencia se verá con más detalle en el punto siguiente.


PALEOLITICO SUPERIOR

Aspecto en esencia convencional, ya que se trata de establecer rupturas en un continuo poblacional, pero cargado de significado en este caso, la transición del Paleolítico Medio al Superior supone una serie de importantes cambios y renovaciones:

-Tecnológicos: leptolización en el instrumental lítico -sustitución de la talla de lascas por la de hojas- y aparición de manufacturas realizadas en nuevas materias primas: hueso/cuerna y marfil (desarrollo de una industria ósea estandarizada), rocas blandas pulimentadas (lámparas, colgantes...) y barro cocido (figurillas de Dolní Vestonice).

- Instrumentales: industrias con tipologías muy estandarizadas, aunque abunden los útiles inventados desde el Achelense (raspadores y buriles sobre todo). Los repertorios se enriquecen enormemente (industria ósea además de lítica), se diversifican, con fuertes variaciones cronoespaciales, y aparecen incluso útiles compuestos (raspador-buril, buril-perforador...).

- Económicos: la explotación del entorno se hace cada vez más intensiva, con aprovechamiento de recursos no utilizados, y más especializada. Se colonizan territorios anteriormente despoblados (la tundra ártica, la selva ecuatorial...).

- Sociales: fuerte estructuración en los hábitats, aparecen los poblados semipermanentes o estacionales, se desarrollan las estructuras de habitación y las cabañas, y se incrementan los intercambios e interacciones entre grupos.

Además, los aspectos nuevos en el caso europeo incluyen un decisivo cambio étnico, ya que los neandertales son sustituidos más o menos bruscamente por los hombres anatómicamente modernos (CroMagnon). Tampoco se debe olvidar que en la nueva etapa se desarrollan completamente las capacidades simbólicas (arte, religión, lenguajes, adornos personales...), comenzando el grafismo (inicios del almacenamiento de información codificada en soportes externos al propio organismo).

Aunque el problema de la transición es hoy en día una de las fronteras de nuestro conocimiento histórico -límite de resolución en las cronologías que se manejan en los procesos de este tipo-, existen dificultades para ofrecer un panorama totalmente convincente debido al caos de las secuencias locales, muchas veces formadas con yacimientos mal estudiados o sin posición cronoestratigráfica clara. Ante esta situación, la investigación ha sufrido una periódica oscilación entre dos modelos radicales:

a) Continuistas: prácticamente hegemónicos en el Coloquio UNESCO sobre L'origine de I'homme moderne (París, 1969), fueron posteriormente desbancados. Son partidarios de una cierta continuidad entre el Paleolítico Medio y el Superior, sobre todo a nivel cultural, basados, esencialmente, en la posible filiación Musteriense de Tipo Quina-Auriñaciense, todavía no probada, y en la continuidad MTA tipo B-Chatelperroniense. Hoy en día se acepta este proceso, pero se duda de la evolución del Chatelperroniense hacia otras formas culturales del Paleolítico Superior. Antes esta hipótesis contaba con mucho peso porque se consideraba al Chatelperroniense antecesor del Perigordiense-Gravetiense.

b) Rupturistas: emparentados con los monogenetistas en Antropología. Son partidarios de una sustitución abrupta tanto en el plano cultural como en el físico y suponen que el Paleolítico Superior se forma fuera de Europa y es traído a ella por los hombres modernos.

Hoy en día existen evidencias nuevas (el neandertal de St. Césaire, asociado a Chatelperroniense, las secuencias de Europa Central y Oriental, los neandertales tardíos de la Península...) que refutan los continuismos casi en su totalidad, aunque la teoría rupturista clásica presenta también muchos puntos discutibles. El proceso parece haberse iniciado por impulsos externos en Europa occidental, aunque fue más progresivo de lo que se suponía y hubo tal vez muchas interacciones entre los distintos grupos neandertales y sapiens.

Desde el punto de vista cronológico, el Paleolítico Superior se desarrolla a partir del Complejo Interpleniglacial würmiense (40.000-28.000 B.P.), hasta el Holoceno (10.000 B.P.), ocupando esencialmente el Pleniglacial Superior. La base de su cronología, hasta hace poco, era más paleoclimática que bioestratigráfica, obtenida a base de secuencias loéssicas, en las que se marcaban pequeños interestadios del Pleniglacial Superior detectados como paleosuelos, paleontológicas, polínicas, continentales y marinas. Desgraciadamente, siempre existe alguna dificultad a la hora de correlacionarlas.

Durante el gran interestadio würmiense la situación en Centroeuropa es muy distinta a la que presenta Europa occidental. Los complejos industriales detectados aquí, según Desbrosse y Kozlowski, son los siguientes:

- El Szeletiense: industria no muy definida durante mucho tiempo, hoy en día parece restringirse a Hungría y Moravia (yacimientos de Szeleta, Bukk, Vedrovice...). Evoluciona en el tiempo entre el 42.000 y el 32.000 B.P., haciéndose cada vez más laminar. Aunque no tiene muchos útiles retocados, lo característico de este complejo son las puntas bifaciales de tipo Blattspitzen, por lo que se supone que deriva del Micoquiense oriental de Cueva Kulna.

- Complejos de puntos bifaciales del Norte de Europa: diferentes al Szeletiense en algunos aspectos. Engloban al Lincombiense (Inglaterra, Bélgica), el Ranisiense (Alemania) y el Jerzmanowiciense de la cueva Nietoperzowa (Sur de Polonia). Hacia la antigua Checoeslovaquia existen otras industrias parecidas cuya posición se discute todavía (Bohuniciense, Jankovichiense). Aunque no presentan mucha homogeneidad industrial, tienen en mayor o menor medida una técnica Levallois que se hace también cada vez más laminar.

- El Auriñaciense balcánico: datado en 42-40.000 B.P. en las cuevas de Istallöskö y Bacho-Kiro. Es ya una industria laminar, con predominio de raspadores y buriles, y tiene industria ósea. A partir del 35.000 B.P. esta industria del Paleolítico Superior está presente en toda Europa Central, desplazando a los complejos de puntas bifaciales o influyendo en sus fases tardías.

En Europa occidental, en cambio, el Musteriense parece permanecer sin cambios hasta el 35.000 B.P., salvo en lo que respecta a las últimas evidencias contradictorias de la Península Ibérica. A partir de esta fecha comienzan a aparecer ocupaciones atribuibles al Auriñaciense inicial, que conviven con otras complejos industriales hasta el 28.000 B.P.:

(1) El Chatelperroniense (o Perigordiense Inferior): restringido a la fachada atlántica francesa y la región cantábrica española, aunque tiene una variedad italiana (el Uluzziense). Se caracteriza por las puntas de dorso curvo (de Chatelperron), junto a un substrato musteriense (raederas, denticulados...) ya muy cargado de elementos del Paleolítico Superior (raspadores, buriles, perforadores). Aparecen los primeros adornos (colgantes de Arcysur-Cure) y los balbuceos del arte. El hecho de que haya aparecido interestratificado con el Auriñaciense inicial en muchos sitios (Le Piage, Roc de Combe, El Pendo), testimoniando su contemporaneidad, y el hecho de que se considere obra de neandertales el hallazgo de St. Césaire, parece indicar que sería una aculturación de éstos por parte de los recién llegados cro-magnones, autores a su vez del Auriñaciense. Desaparece hacia el 28.000 B.P.

(2) Los últimos musterienses, que van siendo desplazados progresivamente por los complejos anteriores. Como ya se ha dicho, en el sur de España (Carihuela, Zafarraya), parecen haber pervivido hasta bien entrado el Pleniglacial Superior.

Aunque identificado desde el 42.000 B.P. en el área balcánica, el Auriñaciense sólo se difunde por toda Europa a partir del 35.000 B.P. y, pese a su gran dispersión geográfica, parece presentar una cierta homogeneidad industrial. Ya desde los tiempos de Peyrony se aceptaba su amplia convivencia con el Perigordiense. En Europa Occidental se aceptaba, con alguna modificación posterior, una secuencia de 6 estadios (del 0 al V) basada en las ideas de Breuil y en los fósiles-guía, sobre todo de hueso. Hoy en día este aspecto tiende a simplificarse en un esquema más o menos tripartito, dependiendo de las regiones: Auriñaciense Inicial, normalmente con azagayas de base hendida y hojitas Dufour (con finos retoques), Auriñaciense Típico y Auriñacienses evolucionados o finales, con muchas variaciones.

Sus útiles característicos en industria ósea son las azagayas (de base hendida, de sección aplanada o losángicas) y en el material lítico los raspadores espesos (carenados) y en hocico, así como las hojas auriñacienses (a veces estranguladas) y los buriles (con predominio de los diedros). En Europa occidental parece perdurar algo más que en el resto del continente, como lo demostraría el problemático Auriñaciense V francés. Lo curioso es que en Alemania se caracteriza por el excelente arte mueble animalista, mientras que en Francia y España parece corresponder a las primeras pinturas rupestres, todavía muy poco afortunadas.

Después del Auriñaciense, la mayor parte del continente asiste a la expansión del Gravetiense. Es un complejo industrial que tiene una enorme extensión cronológica y espacial, dependiendo de las zonas (entre el 28.000 y el 20.000 B.P. aprox.). Las fechas más antiguas proceden de Alemania (Weinberghöhle, Brillenhöhle), mientras que en Francia y España aparece realmente a partir del 25.000 B.P. Su característica básica son las piezas de dorso (hojas, puntas de La Gravette), junto a raspadores sobre hoja, buriles (sobre todo sobre truncatura) y perforadores. La industria ósea es menos importante que en el Auriñaciense. Aunque hay facies regionales muy importantes (Pavloviense moravo, Kostienkiense ruso...) su pertenencia a un gran tronco común parece hoy en día fuera de duda.

En la región cantábrica española y en el Suroeste francés se le denomina Perigordiense (tradicionalmente Perigordiense IV, según la secuencia de Peyrony). Sus fases evolucionadas (El Perigordiense V o Noaillense) tienen buriles de Noailles, puntas de la Font-Robert y numerosas truncaturas (yacimientos de Le Flageolet, Roc de Combe...). En Corbiac y Laugerie-Haute, F. Bordes confirmó la presencia de un Perigordiense VI y de un Perigordiense VII (protomagdaleniense), pero esta secuencia sólo tiene valor en el Perigord. En el plano cultural, el Gravetiense es conocido sobre todo por el arte mueble (las venus), los enterramientos (Pavlov, Dolnï Vestonice) y las cabañas rusas y moravas de cazadores de mamuts.

Haciendo balance del Paleolítico Superior inicial, es evidente que, desde hace años, se viene produciendo un importante debate en torno al significado de los distintos complejos industriales implicados. Así, para algunos investigadores, los grupos de puntas foliáceas son industrias que evolucionan desde un substrato nativo y resultan claramente transicionales hacia el Paleolítico Superior, mientras para otros son culturas del Paleolítico Medio contaminadas por rasgos culturales de sus vecinos auriñacienses, tal vez llegados de Próximo Oriente. Este problema está claramente imbricado con el final de los neandertales. Para algunos autores es posible que manifestaran aculturaciones (Chatelperroniense) y sufrieran, tarde o temprano, una absorción, genética y cultural, por parte de la masa de sapiens recién llegados. Otros opinan que fueron sustituidos bruscamente (¿aniquilación?). Además, la cohabitación entre ambas etnias es un hecho probado durante varios milenios en Próximo Oriente y Europa, y se revela como uno de los problemas más interesantes de la actualidad. Posiblemente el modelo de cambio no sea único para toda Europa, sino que haya que distinguir circunstancias particulares y respuestas diferentes por regiones.

Si tenemos en cuenta la evidencia actual, existen importantes anomalías que afectan a las dos posturas teóricas anteriormente reseñadas. Por ejemplo, para los rupturistas son incómodas las fechas publicadas hace poco del inicio del Auriñaciense en El Castillo y L'Arbreda (España), que lo sitúan en torno al 40-38.000 B.P., casi en la misma época que en los Balcanes. También es una anomalía para este tipo de ideas el hecho de que el Auriñaciense en Próximo Oriente no sea más antiguo del 38.000-35.000 B.P. Sólo el yacimiento de Staroselje (Crimea) se cita como posible origen oriental de esta industria, pero no tiene una cronología convincente.

También las hipótesis continuistas tienen elementos en contra. Así, si la mayor parte de los musterienses europeos no parecen presentar ningún proceso evolutivo hacia el Paleolítico Superior hasta que no aparece el tándem Auriñaciense-sapiens, como es el caso del Chatelperroniense, que además tiene una delimitación espacial muy clara, parece difícil no aceptar la alternativa contraria. Además, existe una amplia base documental para afirmar que los neandertales autóctonos tuvieron muchas respuestas adaptativas ante la aparición de nuevos elementos culturales que ellos mismos no generaron, y con los que en gran medida resultaron incompatibles a la larga.

En cualquier caso, a partir-del 22.00020.000 B.P., tal vez a causa de problemas ecológicos, como es el avance del glaciar continental por el norte y, por el sur, formación de una posible barrera de hielo en los Alpes, Europa se va a fraccionar en dos dinámicas culturales diferentes, que sólo con el Magdaleniense, a causa del retroceso glaciar en el Tardiglacial, volverán a presentar numerosos rasgos comunes. Mientras en la parte oriental se desarrollan complejos de tipo Epigravetiense, en una parte importante de Europa occidental aparece el Solutrense, que se caracteriza por la fabricación de puntas foliáceas mediante una cuidada talla bifacial. La evolución en la silueta de estas puntas de proyectil, aunque tiene rasgos regionales, ha sido la base sobre la que se ha sistematizado la evolución interna del complejo, hasta el punto de que la distribución temporal de algunos tipos está fijada con notable precisión. Junto a estas piezas características, el Solutrense presenta otros instrumentos relativamente mediocres, con la excepción de los raspadores, e incluso supone un cierto renacimiento de algunos útiles musterienses como raederas y discos. Su industria ósea no es tampoco muy original, con la notable excepción de las agujas en asta de cérvido, cuya función parece obvia al presentar incluso ojo para enhebrar.

Los yacimientos clásicos del Solutrense se encuentran en Francia occidental (Laugerie-Haute, Laussel, Badegoule, Le Placard, Montaud...), sin rebasar el valle del Ródano, y en la Península Ibérica, tal y como se verá a continuación. Sus límites temporales están bastante bien fijados entre el 19.000 y el 16.000 a. C., aproximadamente, siendo tal vez algo más tardío, para fases equivalentes, en el norte de España.

El debate clásico en torno al Solutrense se centra en su origen, ya que en algunas zonas parece intrusivo en una secuencia de tipo gravetiense o auriñaciense, mientras que en otras (Périgord, Valencia) pueden encontrarse elementos evolutivos que anuncian su aparición. Hoy en día tiende a minimizarse el aspecto invasionista de sus estudios teóricos, para enfatizar las evidentes relaciones que presenta con algunos gravetienses septentrionales y con las industrias anteriores y contemporáneas del valle del Ródano e Italia (el Salpetriense...).

A finales del Würm, coincidiendo con su última pulsación fría (el Tardiglacial), aparece el último gran complejo industrial del Paleolítico europeo, el Magdaleniense, cuyos orígenes algunos autores sitúan en Francia basándose en algunas industrias que se consideran transicionales (Badegouliense o Protomagdaleniense), aunque las últimas investigaciones parecen considerarlas paralelas al verdadero Magdaleniense Inicial, que las absorbería con relativa rapidez. Su cronología iría desde finales del Solutrense (16.00015.000 a. C.) hasta el 8.000 a. C., aunque en algún punto puede haber perdurado hasta los inicios del Holoceno. El Magdaleniense, tal y como se conoce en Europa occidental (España, Francia, Países Bajos, sur de Alemania), se caracteriza por una verdadera eclosión de instrumentos sobre hueso, muchas veces decorados con grabados, bastones perforados, propulsores con esculturas, varillas semicilíndricas, varios tipos de azagayas, arpones de una o de dos filas de dientes,discos, pendeloques, espátulas... La industria lítica, en cambio, es relativamente monótona y exhibe bastantes tradiciones gravetoides. Se caracteriza por el predominio de grandes buriles, vinculados, sin duda, con la profusión de materiales grabados que aparecen en este momento, la sencillez de los raspadores y la presencia en cantidades variables de perforadores, hojitas con retoques abruptos y los primeros geométricos, piezas líticas diminutas de morfología muy estandarizada (triángulos, trapecios, medias lunas...) que sólo pueden haber sido utilizados enmangadas en un soporte de madera o asta. En esta fase es cuando se produce la mayor cantidad de obras de arte de todo el Paleolítico.

La densidad de yacimientos magdalenienses, su buen grado de conservación y el gran número de elementos culturales que han dejado, desde el arte mobiliar hasta las cabañas, ha favorecido el estudio en detalle de sus grupos regionales, que se extienden desde el valle del Rin (Gönnersdorf, Andernach, Petersfels) hasta el sur de Francia (La Madeleine, Mas-d'Azil) y la Península Ibérica.

Tanto en lo que respecta a la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior, como en lo que atañe a la evolución cultural del final del Paleolítico, la Península presenta una clara diferenciación geográfica en dos tramos casi independientes: la cornisa cantábrica y la fachada mediterránea. La amplia zona central, representada por la meseta castellana y sus comarcas adyacentes, son casi dos vacíos en la investigación, en donde sólo se conocen instrumentos solutrenses (El Sotillo) y magdalenienses (Verdelpino, Jarama II), aunque la presencia de arte paleolítico permite sospechar que al menos el Paleolítico Superior Final tiene que tener una representación más importante que la que esta pobreza de hallazgos permite sospechar.

Por lo que respecta a la región cantábrica, el modelo de evolución cultural existente en el sector comprendido entre el País Vasco y Galicia parece responder con relativa fidelidad al modelo aquitano, aunque siempre con algún retraso cronológico respecto a los yacimientos franceses. Según se desprende de las estratigrafías de El Pendo y Morín(Cantabria), el Paleolítico Superior se inicia en el norte de España algo antes del 30.000 B.P. con la dicotomía Chatelperroniense-Auriñaciense Arcaico. Sin embargo, las nuevas fechas de El Castillo han subido la cronología del Auriñaciense inicial hasta el 39.000 B.P., con raíces al parecer en el Musteriense local. Pasada esta primera etapa, el Auriñaciense es la única industria que permanece en la región, comenzando una evolución similar a la del Perigord. Sólo en un momento tardío aparecen elementos industriales típicos del Gravetiense, que, según F. Bernaldo de Quirós, son más bien una aculturación de la población auriñaciense y no la llegada de una tradición cultural foránea.

El Paleolítico Superior Final también se inicia con un nuevo influjo del suroeste francés, esta vez bajo la forma del Solutrense medio, datado en torno al 19.500 B.P. en la cueva de Las Caldas. A partir de este momento, esta industria sufre una evolución tipológica ligeramente distinta a la de Francia (cuevas de Chufin y La Riera). Con el Magdaleniense sucede algo similar, ya que llega como una variedad ya formada y luego sigue una evolución especial que parece indicar una adaptación al entorno por parte de esos nuevos grupos (cuevas de Altamira, Rascaño, La Viña,Tito Bustillo, El Juyo, Abauntz...). El Magdaleniense final, ya en el Holoceno, evoluciona hacia el Aziliense, industria epipaleolítica con la que no presenta grandes diferencias.

Por lo que respecta a la fachada mediterránea, según los últimos trabajos efectuados en la zona, la aparición del Paleolítico Superior no ha sido simultánea en todas sus regiones. En Cataluña, según las fechas de l'Arbreda, el Auriñaciense aparece, de modo intrusivo, a la misma vez que en El Castillo. A éste le sigue un Auriñaciense arcaico similar al del valle del Ródano, documentado en los yacimientos de Reclau Viver, l'Arbreda y Abrí Romaní. En otros yacimientos catalanes pueden verse etapas más evolucionadas de esta misma industria (Can Crispin, Cal Coix). En la región valenciana, el Auriñaciense es raro y se presenta bajo una facies evolucionada en Mallaetes y Beneito. En Andalucía y el Sureste los vestigios atribuidos al Auriñaciense son muy discutibles y no cuentan con buenas dataciones.

El Gravetiense, por el contrario, está bastante mejor representado tanto en Cataluña (Reclau Viver, l'Arbreda, Roc de Melca, Castel Sala) como en Levante (Parpalló, Mallaetes, Maravelles, Barranc Blanc), aunque siempre con dataciones ligeramente anteriores al 20.000 B.P. En Andalucía está representado por evidencias poco claras en esas mismas fechas. Según los trabajos de L. G. Vega, el Musteriense ha perdurado en Andalucía hasta fechas equivalentes a las de la mayor parte del Auriñaciense europeo, lo que explica que la aparición de los hombres modernos en las latitudes más meridionales de la Península sea bajo la forma de un Auriñaciense o un Gravetiense terminales.

La industria más característica del mediterráneo español es, sin duda, el Solutrense, que además tiene fechas muy tempranas en la región valenciana (anteriores al 20.000 B.P.), por lo que se ha sugerido que aquí podría existir un origen independiente del franco-cantábrico. Además de presentar una evolución original, en la que aparecen las famosas puntas de aletas y pedúnculo, que sugieren la existencia del arco y la flecha, es una industria que aparece tanto en Cataluña (Reclau Viver, Cau des Goges, l'Arbreda), como en Valencia (Parpalló, Mallaetes, Barranc Blanc) y Andalucía (Cueva Ambrosio), llegando su influencia hasta Portugal.

Tras un Solutreo-Gravetiense en el que desaparecen las características puntas de retoque bifacial, el panorama mediterráneo parece presentar un Magdaleniense con fuerte carácter autóctono y relativamente pobre en industria ósea y arte mobiliar (yacimientos de Parpalló, Volcán del Faro, Cendres, Bora Gran, Nerja, Matutano...), lo que recuerda a las industrias contemporáneas del sureste francés e Italia, aunque en el caso español existen arpones y bastones perforados característicos. Al igual que en el norte, las industrias epipaleolíticas de este sector derivarán


ARTE PALEOLITICO


El Paleolítico es la etapa que más duró en la historia del ser humano. Durante este período, nuestros ancestros vivían de la caza y de la recolección de vegetales, se asociaban en tribus y sus herramientas eran de piedra tallada, madera y hueso.1


El arte nace en el Paleolítico Superior, poco después del año 40000 a.C., cuando los seres humanos modernos poblaban prácticamente todo el globo terráqueo. Sin embargo, sus manifestaciones fundamentales, por no decir casi las únicas, parecen reducirse a Europa, al sur del límite que marcarían los hielos durante la glaciación de Würm. Es más, el arte mural de las cuevas (llamado Arte Parietal) se concentra muy intensamente en ciertas regiones francesas (Dordoña, Pirineos franceses, Corrèze, Charente, Loira, Hérault, Lot y Garona...) y españolas (Cornisa Cantábrica, Pirineos, Costa Mediterránea y algunos puntos de la Meseta Central como Maltravieso, Siega Verde o Los Casares), aunque ocasionalmente puede aparecer en Portugal, Italia, Europa Oriental y poco más. No se ha averiguado el motivo que explique por qué no se han hallado restos de arte paleolítico parietal en el resto del mundo.


El Arte Mobiliar (definido en el artículo como objetos decorados que pueden ser transportados) es más abundante, extendiéndose no sólo por Francia y España, sino también por los valles del Danubio, del Don y la cuenca del Baikal, ya en Asia. Hay restos esporádicos en el resto del mundo, como se indica al final. Desde los primeros descubrimientos de objetos artísticos paleolíticos, en el siglo XIX,2 siempre se ha suscitado el enigma de su motivación y su significado, aunque parece haber consenso en que se trata de un arte de función religiosa y que su temática está íntimamente relacionada con el medio natural y su numen. Queda pendiente el hecho innegable de su alto valor estético y artístico: los hombres prehistóricos demostraron, en algunos casos, un ansia de perfección y un sentido de la belleza totalmente comparable a los artistas de otras épocas históricas.


No obstante, el lector debe estar avisado que este artículo sólo toca, forzosamente, aquellos elementos artísticos que se han conservado a lo largo de los siglos, lo que constituye, sin duda, una parte ínfima de todo el corpus artístico paleolítico. Hemos perdido, como mínimo, aspectos tan fundamentales como la tradición oral, la danza, la música, el adorno corporal, etc.


arte mobiliar, esto es, se trata de objetos artísticos que se pueden transportar, mover, etc. Y que aparecen en su contexto arqueológico (es decir, en excavaciones). El arte mueble es una manifestación artesana de ajuares domésticos o personales, quizá ritual, quizá suntuaria. Por ejemplo, colgantes de piedra, hueso o concha. A menudo, objetos de utilidad práctica o votiva decorados, como puntas de arpón, puntas de lanza hechas en hueso (es decir azagayas), los llamados bastones perforados, etc. Estos utensilios suelen tener dibujos, figurativos o abstractos, grabados (tal vez, en otro tiempo, también pintados). Pero igualmente hay objetos meramente ceremoniales, mucho más que simples adornos. Por ejemplo, las pequeñas estatuillas femeninas llamadas Venus paleolíticas, plaquetas grabadas (como las de Parpalló), o estatuillas de animales como el famoso bisonte de hueso de La Madeleine, cuya función nos es desconocida. Aunque podrían tener una función religiosa, el hecho de que hayan aparecido figurillas de Venus con características propias de ciertas zonas geográficas en lugares remotos sugiere que no solo mantenían comunicaciones con otros grupos humanos, sino que estas figuras podrían tener un significado étnico, e incluso monetario

ARTE PARIETAL, Denominamos así al arte que aparece en las paredes (arte mural) de las grutas, covachas y abrigos rocosos. Como se ha comentado, la mayor concentración de arte parietal se da en Europa Occidental. Casi todas las representaciones artísticas están en las zonas más profundas de las cuevas (aunque las áreas de habitación siempre estuvieron en las bocas de las cuevas). Eso no quiere decir que no haya excepciones, es decir, santuarios exteriores, como ocurre con la cueva de Laussel, Roc de Sers (Francia) o La Viña (Oviedo). El arte parietal lo componen pinturas, relieves o grabados cuyo tema principal son los animales o los signos llamados ideomorfos, pero también la figura humana.





No hay arquitectura, sólo han llegado hasta nosotros esculturas y dibujos en piedra o hueso. Los dibujos eran de dos tipos, grabados o pintados, y las esculturas podían ser estatuillas o relieves:
La pintura: Se usaban uno o dos colores que se obtenían con pigmentos minerales (manganeso para el negro, ocre para el rojo o el amarillo...) u orgánicos (carbón, para el negro), con un aglutinante orgánico (resina o grasa); se podían simular realces más claros raspando la roca. Los colores se untaban directamente con los dedos, también se podía escupir la pintura sobre la roca (como un aerosol bucal); en ocasiones, se usaron lápices (ramas quemadas con las que se tiznaba la pared y bolas de colorante mineral aglutinadas con resina) o pinceles rudimentarios (escobillas y estropajos de fibras vegetales o animales). A veces se aprovechaban bultos y hendiduras de la pared para dar la sensación de volumen.
El grabado: Es un dibujo a base de finas incisiones o cortes, sobre el hueso o la roca, hechas con utensilios afilados de sílex llamados buriles. El grabado aparece desde los primeros tiempos del arte, como un equivalente del dibujo, pero se desarrolla sobre todo durante el final del Auriñaciense y durante el Gravetiense (de este periodo se destacan las plaquetas grabadas en El Parpalló, Valencia), para casi desaparecer durante el Solutrense. El grabado vuelve a ganar importancia en el Magdaleniense con la mayor variedad de estilos, temas, combinaciones y soportes que jamás se había visto.
El relieve: Es un grabado cuyas incisiones son tan profundas que la figura se convierte en una escultura que sobresale de la roca o del hueso del soporte (como los bisontes esculpidos en la Fourneau du Diable; o el famoso pez de Gorge d'Enfer, ambas en Dordoña, Francia). El relieve sólo aparece al final del Paleolítico Europeo, es decir, el en Magdaleniense, y, casi siempre, asociados a santuarios exteriores: aquellas cuevas poco profundas iluminadas por luz natural.
Las estatuillas: son pequeñas esculturas exentas de piedra o de hueso, talladas por todos los lados. Casi siempre son figuritas femeninas llamadas Venus paleolíticas (Venus de Brassempouy, en Francia). Las estatuillas son el tipo de arte paleolítico más extendido de Europa, con importantes escuelas, no sólo en el área francesa, sino también en Europa Central y del Este (como se verá más adelante). Las estatuillas femeninas y de animales son muy antiguas, pero en Francia y en España, al parecer, la estatuaria animal es propia de la última fase del Paleolítico Superior. A menudo, las estatuillas aparecen adornando instrumentos de uso práctico, como bastones perforados y propulsores.


La función del arte paleolítico es totalmente desconocida. Al principio se pensó que estas obras de arte se hacían sólo por motivos estéticos (para adornar: el arte por el arte), y aunque nadie niega que los artistas paleolíticos debieron sentir satisfacción por la belleza de estas representaciones, esto sería secundario, y sin duda este arte era de carácter mágico o religioso. No se pueden hacer más precisiones; como mucho, se pueden formular varias teorías, pero sin pruebas sólidas:
El totemismo: Esta teoría surge en la primera mitad del siglo XX, al comparar ciertos antropólogos las costumbres de los pueblos primitivos actuales con las obras rupestres paleolíticas. En concreto James George Frazer fue uno de ellos, pero no el único, en extrapolar las costumbres de este tipo de pueblos actuales a las manifestaciones artísticas prehistóricas. El animal-tótem establece, por un lado, un vínculo espiritual entre el ser humano y la naturaleza y, por otro, es un factor de cohesión del grupo, ya que los individuos se sienten identificados con el símbolo que representa a su comunidad. En efecto, ciertas figuras representarían los espíritus del antepasado mítico de la tribu, el citado animal-tótem, una mezcla de hombre y animal. Estaría por tanto asociado al culto a los ancestros y a la reencarnación del humano en animal en otra vida. Recientemente se tiende a destacar este tipo de manifestaciones artísticas como un sistema comunicativo (ideográfico) destinado a señalar a la comunidad cuál es el territorio que ocupa, cuál es su organización, en qué se distingue de las demás comunidades; es decir, se subraya el carácter cohesionador, su idiosincrasia y su íntima relación con el medio natural que ocupan, es decir, su territorio.
El chamanismo: Ante la imposibilidad de explicar todas las representaciones conocidas ciertos antropólogos extrapolaron también las ideas animistas, según las cuales todas las cosas vivas poseen un espíritu sobrenatural que las anima. Esta interpretación es compatible con el totemismo y a veces se confunden. Los intermediarios entre el mudo anímico y sobrenatural y el mundo material serían los brujos o chamanes y utilizarían las cuevas pintadas como santuarios prohibidos a los no iniciados, lugares sagrados en los que se celebraban rituales minoritarios, reservados a unos pocos elegidos (retiros, ayunos, meditaciones, sueños premonitorios...): a veces, el brujo o chamán se colocaba una máscara, se disfrazaba y, con plantas alucinógenas y música repetitiva, entraba en trance, comunicándose con los espíritus.
La fecundidad y magia propiciatoria: Esta teoría había sido formulada por Salomón Reinach en 1903, pero fue popularizada por el prestigioso historiador Henri Breuil en 1952.Realmente Breuil adoptó la idea de Reinach, pero, aparte de cambiar totalmente su interpretación cronológica, la enriqueció con numerosas investigaciones de antropólogos, filósofos y prehistoriadores, así como su conocimiento de primera mano del arte paleolítico, cosa de la que carecía Reinach. Según el prestigioso abate, las representacionesservirían para pedir a los espíritus que la caza fuera abundante, que los animales procreasen y que se pudieran abatir todas las piezas necesarias. Esta teoría justificaría que los animales representados fueran hembras preñadas y también que haya animales heridos por lanzas. Las venus serían diosas de la fecundidad que traerían la abundancia (por eso se las representaría obesas) y las figuras masculinas serían los hechiceros en plena ceremonia. Las manos serían la firma de los participantes en las ceremonias, y aquellos que pasaban a pertenecer a la categoría de cazadores adultos. Asimismo, la representación de animales peligrosos "no comestibles" era una forma de controlarlos, y alejarlos de las presas que el ser humano anhelaba. Sin embargo, esta teoría tampoco explicaba todas las manifestaciones rupestres conocidas. A pesar de ello, las ideas de Breuil han sido relanzadas en los años noventa a raíz de una serie de avances en los sistemas de datación del arte parietal. De nuevo, vuelven a considerarse los planteamientos mágico-propiciatorios. Pero igualmente se han relanzado las ideas sobre el chamanismo y el totemismo, incluyéndolos dentro de un mismo hilo conductor, aunque sin llegar a considerarlos nunca exactamente iguales.
El dualismo de la naturaleza: La teoría más ambiciosa (propuesta por el francés André Leroi-Gourhan) parte de un paradigma estructuralista, rechazando la extrapolación antropológica con tribus primitivas actuales (sin embargo él era antropólogo y no pudo evitar apoyarse en esta disciplina). Su intención es abarcar toda la estructura de la sociedad paleolítica de Europa occidental, entendiéndola de un modo holístico, como un sistema en el que todo está interconectado, desde la superestructura ideológica, hasta la infraestructura económica, pasando por todos los estadios intermedios. Además, Leroi-Gouhan introdujo sistemas de análisis estadístico y modelos complejos para descifrar la organización interna de los conjuntos artísticos con su contexto externo. De este modo, llega a obtener un panorama supuestamente completo y válido para todo el arte paleolítico. como la manifestación de una serie de religiones que comparten una tradición común en la que los animales, los signos abstractos y símbolos sexuales masculinos o femeninos representarían a las dos fuerzas opuestas de la naturaleza en conflicto y renovación constante. A esto se añade la idea de Annette Laming-Emperaire que sostiene que tales fuerzas son lo masculino y lo femenino: La mujer sería el bisonte y el toro, mientras que el hombre sería el caballo. Del mismo modo, las armas representarían al hombre y las heridas y la sangre a la mujer. También el papel de uno y otro sería opuesto: la mujer, una venus obesa generadora, y el hombre grotesco, cazador y destructor. Según Henri Delporte, el hecho de que las representaciones masculinas y femeninas estén, generalmente, en relación de oposición, no quiere decir que sean reflejo de creencias meramente sexuales, esto es, ritos y mitos de fecundidad. Se trata más bien de una cosmogonía explicada a través de una oposición. En cualquier caso, no se pretende decir que una única religión dominase todo el Paleolítico superior, sino que todas ellas comparten el mismo sistema, la misma estructura básica.
Simbolismo: En las últimas décadas se intenta determinar si la organización, tanto de elementos figurativos como abstractos, su estructura y su ritmo, responden a algún código de comunicación de conocimientos o de registro de acontecimientos. Por ejemplo, si se trata de la representación de una cosmogonía, de alguna especie de calendario primitivo en el que se reflejen hechos repetitivos fundamentales, aspectos estacionales, etc. De la combinación de formas representadas simples y complejas, del modo en que se relacionan, se pretende obtener una forma de lenguaje mitográfico, pictográfico o ideográfico en el que cada animal y cada símbolo tengan un significado diferente, según el modo en que se asocien y el contexto en el que aparezcan. Algunos defensores de este paradigma llegan demasiado lejos en sus conclusiones, superando lo estrictamente científico.

En realidad, es posible que todas las teorías tengan algo de verdad, que sólo aunándolas se pueda interpretar el significado del arte paleolítico. Por otra parte, al contrario que las ideas expuestas (que van de lo general a lo particular) existen numerosas teorías, recientes, que intentan partir del estudio independiente de cada cueva, incorporando no sólo elementos mágico-religiosos o estructurales, sino también otros coyunturales como el simbolismo o la comunicación ideográfica, con la esperanza de llegar, en el futuro, a una explicación general. En todo caso, también habría que incluir un legítimo interés por la estética, demostrado tantas veces por los artistas paleolíticos.15 Ese interés supera las explicaciones coyunturales o las estructurales relativas a la «magia-caza-fecundidad», incluso la oposición de contrarios de Leroi-Gouhan; quedando subyacente, en toda la secuencia, una intencionalidad artística en tanto que búsqueda de la perfección y del sentido de la belleza.

Actualmente, los enfoques son menos pretenciosos, investigando la realidad de cada yacimiento antes de sacar una conclusión global sobre todo el arte paleolítico, existe una tendencia general a admitir motivaciones muy diversas, escuelas artísticas diferentes e incluso religiones distintas. El enfoque plural ha sido sustituido por la multicausalidad y por la singularidad de cada yacimiento. Asimismo se ha introducido la idea (similar al action-painting contemporáneo) de que el puro hecho de elaborar una obra de arte prehistórico, la gestualidad llevada a cabo, es un ritual en sí mismo.

MESOLITICO






Cuando acabó la última glaciación, toda Europa sufrió cambios profundos y, a escala geológica, repentinos. En primer lugar, se fundieron los glaciares que habían atenazado al continente durante miles de años, lo que dio lugar a que el nivel del mar subiera hasta 100 metros respecto a su posición en el Würm. La desaparición de los glaciares motivó un ascenso de latitud del frente polar, lo que acarreó asimismo un fuerte aumento de la pluviosidad y de la temperatura sobre gran parte de Europa. A nivel geográfico estos factores supusieron dos consecuencias de notable magnitud: primera, que las costas cambiaron hasta adquirir su morfología actual, y segunda, que grandes superficies se cubrieron de bosques. La primera consecuencia aportó una ampliación de la plataforma continental y un enriquecimiento en las faunas de moluscos y crustáceos litorales, y la segunda supuso un cambio drástico y casi repentino de las faunas pleistocénicas. Las especies frías como el reno, el buey almizclero o la saiga emigraron hacia latitudes más septentrionales siguiendo a la tundra en su retroceso. Muchas especies, sin embargo, no sobrevivieron, como fue el caso del mamut, el rinoceronte lanudo y los grandes depredadores. Que la presión cinegética de los últimos cazadores paleolíticos haya tenido que ver en esta extinción masiva, es algo que muchos investigadores consideran probado.

El intervalo comprendido entre el 10.000 P. y la llegada del Neolítico está ocupado en Europa y zonas limítrofes por las industrias Epipaleolíticas/Mesolíticas. En principio, el término Mesolítico se creó en el siglo pasado, dentro del mundo anglosajón, para denominar esta etapa intermedia. Los investigadores franceses, sin embargo, prefirieron utilizar el concepto de Epipaleolítico, para hacer referencia a la inevitable continuidad cultural de un periodo en otro. En la actualidad no hay unanimidad en la terminología a utilizar y existen autores que usan cualquiera de ellos indistintamente. En Europa occidental es frecuente, sin embargo, que se considere mesolíticas a aquellas sociedades que, de algún modo, están en vías de neolitización, mientras que epipaleolíticos son aquellos grupos que mantienen una clara continuidad cultural con los últimos cazadores-recolectores paleolíticos.

Se use un criterio u otro, lo importante es que se trataba de sociedades que debían hacer frente a los cambios anteriormente citados. Esta adaptación supuso una fuerte regionalización, ya que el proceso más normal a la hora de plantear modos de subsistencia en la Europa holocena fue la diversificación en la adquisición de recursos, explotándose algunos anteriormente desconocidos. Este mismo proceso llevado a cabo por las culturas de algunas zonas limítrofes (Próximo Oriente, Norte de Africa) que se estaban desecando durante el postglacial, dieron lugar al nacimiento de la domesticación de animales y plantas.






NEOLITICO


l último período cultural de la Edad de la Piedra se ha denominado tradicionalmente Neolítico y representa una de las etapas históricas más interesantes por las transformaciones de toda índole que experimentaron las sociedades de aquellos momentos.

Al intentar dar una definición precisa de esta etapa ya surgen los primeros problemas, desde su propia denominación, puesto que Neolítico -término utilizado por primera vez en la obra de Lubbock en 1865- significa piedra nueva (neos = nuevo; litos = piedra) en clara alusión a las características técnicas de los utensilios de piedra, ahora pulimentados frente a los fabricados mediante la técnica de la talla durante los tiempos paleolíticos.

Sin ser esta apreciación inexacta, sí es incompleta puesto que hoy día sabemos que los cambios operados en el campo socioeconómico fueron más importantes que los acaecidos en el campo tecnológico y presumiblemente causa de ellos. Sabemos también que dichas transformaciones no se produjeron de una manera súbita, sino que todas ellas fueron la culminación de un lento proceso de adaptación durante el cual el hombre fue estableciendo una nueva relación con el medio que le rodeaba; desde esta perspectiva, el término revolución neolítica empleado por Childedebe ser matizado en su sentido de súbita innovación o alteración.

Las nuevas formas de vida se fueron adoptando en distintos lugares a la vez y con matices diferenciadores, dependiendo de las tradiciones culturales preexistentes y desde determinadas zonas preferentes se fueron extendiendo hacia otras áreas marginales. No puede hablarse, pues, de un proceso cultural único sino de una gran variedad de grupos neolíticos diferentes.

Para obtener una visión de conjunto de este proceso cultural, podemos resumir sus características fundamentales en tres apartados distintos:

1) Ambientales: La influencia que el medio ambiente ejerce sobre el hombre fue durante mucho tiempo sobrevalorada y, en el caso del Neolítico, se adujo como causa fundamental de todos los cambios culturales acaecidos.

Es cierto que, tras la retirada de los últimos hielos pleistocénicos, las condiciones climáticas cambiaron al elevarse las temperaturas e influyeron decisivamente en el medio, que lentamente se fue transformando pues la fauna y la flora tuvieron que adaptarse; igual le ocurrió al hombre, que tuvo que buscar nuevas bases de subsistencia cuando le empezaron a fallar sus tradicionales recursos. Pero todo ello había sucedido tiempo atrás, a comienzos del Holoceno, que es cuando se empezaron a desarrollar las primeras comunidades epipaleolíticas, aunque ese lento proceso de adaptación entonces iniciado siguió su curso y acabó desembocando en nuevas formas culturales.

2) Económicas y sociales: Es en este terreno donde se pueden observar los cambios más significativos, ya que las antiguas formas de subsistencia basadas en la caza y la recolección fueron sustituidas de forma progresiva por estrategias productivas basadas en la agricultura y en la cría de animales domésticos.

Ambos procesos debieron ser paralelos y los datos disponibles, procedentes de algunos yacimientos del Próximo Oriente, permiten saber que en el octavo milenio antes de la era fueron los cereales las primeras especies cultivadas: el trigo, en sus primitivas variantes Triticum monococcum, T. dicoccum y T. aestiuium, la cebada y el centeno, seguidos tiempo después por la avena, el mijo y las leguminosas, todos ellos productos de gran valor energético. Estas especies pudieron ser controladas por el hombre porque ya existían en aquellas zonas en estado silvestre y venían siendo objeto de recolección sistemática.

La utilización de animales domésticos, a los que podemos definir como aquellos cuya reproducción está controlada por el hombre, fue la segunda de las actividades económicas que se empezaron a practicar. De la misma manera que ocurrió con las plantas, los primeros animales domésticos se consiguieron a partir de los que ya existían en el entorno en su variante salvaje.

Los datos disponibles apuntan a que fue el perro, procedente del lobo, la primera especie doméstica, aunque todavía existe polémica sobre el momento y el lugar en que apareció. Hallazgos en la cultura epipaleolítica de Maglemose del norte de Europa, en el Natufiense palestino y entre alguno de los grupos epipaleolíticos del SE de los Estados Unidos parecen confirmar la existencia del perro en fechas cercanas al 11.000 a. C., si bien esta especie parece que acompañaba al hombre pero no debía servirle como animal comestible. La oveja y la cabra, difíciles de distinguir entre sí, están documentadas en el IX milenio antes de la era en numerosos yacimientos del Próximo Oriente, seguidas poco tiempo después por la vaca, todos ellos de alto potencial dietético.

En los primeros momentos de su domesticación, todos estos animales fueron aprovechados por sus productos primarios, fundamentalmente la carne, las pieles y la grasa y sólo tras la intensificación de las prácticas ganaderas se comenzaron a utilizar los productos secundarios, como lana, leche, y a usarse como medio de transporte y ayuda en las tareas agrícolas, arrastrando los arados.

Como consecuencia de las variaciones en las bases del sistema económico, se produjeron algunos cambios sociales evidentes, tales como la progresiva sedentarización de las comunidades, aunque en algunos lugares del Viejo Mundo ya venía observándose el agrupamiento en aldeas debido sin duda a la intensificación de la recolección de los vegetales silvestres allí existentes, más de mil años antes de la domesticación de las primeras plantas y animales. La vida en comunidades fijas cada vez mayores hizo que necesariamente cambiasen también las relaciones entre los individuos, surgiendo fórmulas nuevas de organización social, dando lugar al reparto de las tareas cada vez más diversificadas, a relaciones de tipo jerárquico, a la organización de las actividades colectivas, etcétera.

3) Técnicas: A pesar de que los adelantos técnicos no fueron la causa de todos los cambios operados durante el Neolítico sino más bien una consecuencia de los arriba mencionados, es cierto que pueden observarse algunas novedades en el equipo material de aquellas poblaciones.

El invento más significativo es sin duda la cerámica, cuya fabricación consiste en elaborar recipientes de arcilla cocidos en un horno a más de 450° y que fue el elemento que acabó convirtiéndose en el fósil-guía más característico de todas las comunidades neolíticas. Al tratarse de una actividad artesanal, las formas de los recipientes, su decoración y las propias técnicas de fabricación variaban de unos grupos a otros, siendo estas variaciones muy valiosas al arqueólogo ya que le sirven para identificar los diferentes grupos culturales.

La existencia de excedentes alimenticios y la necesidad de conservar mayor número de productos propició la búsqueda de recipientes más sólidos e impermeables que los ya conocidos de cestería utilizados por los pueblos recolectores. En un principio, los hornos para cerámica eran simples hoyos en el suelo cubiertos por piedras y tierra, para alcanzar la temperatura necesaria, pero poco a poco se fueron construyendo más cerrados para poder lograr mejor calidad en las pastas cerámicas.

La fabricación de utensilios de piedra continuó siendo importante y aunque algunos objetos se trabajaban con la tradicional técnica de la talla por presión o percusión fueron los instrumentos pulimentados los que se generalizaron cada vez más, destacando entre todos ellos las típicas hachas y azuelas, presumiblemente empleados en las tareas agrícolas y que durante mucho tiempo sirvieron como identificadores del nuevo período cultural. Las pequeñas hojas dentadas de sílex se enmangaban formando los dientes de una hoz, instrumento decisivo a la hora de la recolección intensiva de plantas. También proliferaron los molinos de piedra y los morteros necesarios para machacar y triturar el grano.

Igualmente siguieron realizándose instrumentos sobre hueso, aunque la mayoría de los viejos modelos se abandonaron y aparecieron otros utensilios en función de las nuevas actividades económicas y domésticas, siendo ejemplos característicos las espátulas y las cucharas.






Uno de los aspectos más interesantes del proceso de transición de una economía depredadora a una productora es intentar averiguar porqué se realizó dicho cambio. Tras años de investigación, hoy día sabemos que la vida de los pueblos cazadores y recolectores del Paleolítico no fue tan penosa como popularmente se concebía, antes por el contrario, aquellos grupos llegaron a establecer un buen equilibrio con el medio, que les proporcionaba un nivel de vida aceptable hasta el punto de que algunos autores, como Shalins, han llegado a hablar de sociedades opulentas.

Los estudios sobre sociedades cazadoras contemporáneas han demostrado que con pocas horas de trabajo al día pueden conseguirse los alimentos necesarios para mantener una dieta rica en proteínas, y ello contrasta con las numerosas horas que debe emplear en las tareas del campo un agricultor o un ganadero. La conclusión parece ser que la agricultura no se adoptó porque proporcionase una mejor y más cómoda alimentación, sino porque permite alimentar a mayor número de personas en la misma unidad de espacio.

Buscar explicaciones al porqué del cambio operado en un período de tiempo relativamente breve por la mayoría de los grupos humanos han sido objeto de numerosas investigaciones y han sido muchas las hipótesis que se ha formulado al respecto. Resumimos ahora las más significativas, pensando que indudablemente se trató de un proceso con causas múltiples.

Una de las interpretaciones más aceptadas durante décadas ha sido la denominada teoría del oasis, mantenida y popularizada por Gordon Childe, quien defendió las causas ambientales como las impulsoras del cambio. La supuesta desecación progresiva que sufrieron algunas zonas del planeta tras la retirada de los últimos hielos obligó a hombres, animales y plantas a agruparse en torno a los puntos de agua, donde la estrecha convivencia permitiría a los grupos humanos tener un profundo conocimiento de las posibilidades alimenticias que éstos le brindaban.

Esta teoría fue desmentida por los posteriores estudios paleoclimáticos realizados en los yacimientos del Próximo Oriente, que no demostraban que la mencionada desecación se hubiera producido en los momentos que Childe apuntaba.

Fue el profesor Braidwood quien en los años 50 aportó nuevas evidencias al problema, tras la gran expedición organizada a la zona de los montes Zagros, al norte del Iraq; pudo demostrar que los primeros asentamientos neolíticos no se encontraban junto a los puntos de agua sino, precisamente, en laderas de mediana altura, en lugares favorecidos naturalmente a los que denominó zonas nucleares, donde crecían en estado silvestre numerosas especies vegetales que poco a poco fueron siendo objeto de una recogida intensiva.

Otros autores como Binford, Flannery o Cohen consideraron insuficientes las propuestas de Braidwood e intentaron explicar de forma más satisfactoria porqué se abandonó el viejo sistema, precisamente en las zonas más favorecidas donde presumiblemente no faltarían los alimentos, aunque parece claro que el perfecto equilibrio que mantenían los grupos cazadores-recolectores con su medio se rompió y fue necesario buscar medidas alternativas.

Estos autores creen que la causa de la ruptura fue la presión demográfica, es decir, el crecimiento progresivo e imparable de la población que obligó a modificar sus costumbres para aumentar los recursos per capita mediante la producción controlada de determinadas plantas y especies animales. Constataron que muchas comunidades mesolíticas del Viejo Mundo comenzaron a hacerse sedentarias, lo que favoreció que la población empezase a crecer, dado que en un asentamiento permanente o casi permanente no existen las mismas limitaciones poblacionales que entre los grupos nómadas que deben velar permanentemente porque su población no crezca.


ARTE MEGALITICO


Podemos definir el fenómeno megalítico como la corriente cultural que se caracteriza por la construcción de enterramientos colectivos bajo grandes y variados monumentos de piedra, que tuvo una amplia dispersión geográfica por toda Europa durante el Neolítico y los primeros momentos de la Edad de los Metales.

Por la espectacularidad de los restos conservados, estos monumentos son conocidos desde hace siglos y ya en 1850 fueron denominados megalitos (megas = grande, litos = piedra) en clara alusión a la materia en que estaban construidos.

Las primeras sociedades que adoptaron la costumbre de realizar enterramientos colectivos protegidos por un túmulo de piedras y tierra fueron las asentadas en las costas atlánticas europeas y desde las primeras cistas y cámaras circulares sencillas, se fue pasando a formas más variadas entre las que destaca el dolmen y, posteriormente, los sepulcros de corredor y las galerías cubiertas. Existen también otros tipos de monumentos megalíticos no representados en la Península Ibérica pero sí, por ejemplo, en Bretaña donde los menhires, los cromlech y algunos recintos ceremoniales más complejos están bien documentados.

Las nuevas interpretaciones las inició hace años el arqueólogo británico Renfrew, que pensaba que estas sociedades formadas por grupos dispersos utilizaban los monumentos como punto central, definidor de su territorio; en caso de rivalidad entre grupos, estas tumbas de los antepasados eran un argumento para demostrar la posesión de las tierras en litigio. Aparte de la importancia que llegó a tener el dominio de la tierra por parte de quien los construía, también debieron utilizarse para señalizar ciertos espacios como lugares comunes de encuentro o de culto. En el mismo sentido, otros autores tienden a considerar que todos estos monumentos son indicativos de la progresiva evolución de aquellas sociedades, desde estadios más igualitarios hasta formas sociales más complejas, puesto que la inversión de más horas de trabajo en estas construcciones implica una participación colectiva, un plan previo y un control centralizado para canalizar los esfuerzos de la población.

Estos enfoques interpretativos, que entienden el fenómeno megalítico como parte y resultado de unas determinadas formas sociales propias, han conducido al abandono de las antiguas teorías que consideraban dichas manifestaciones como producto de una corriente religiosa o espiritual propagada por un grupo o raza megalítica que iba recorriendo Europa predicando sus creencias.

Por la gran distribución que los megalitos tuvieron en Occidente y su supuesto parecido con otras construcciones del Mediterráneo Oriental, desde principios de siglo surgió la polémica sobre su origen y su cronología, defendiéndose las distintas hipótesis desde las llamadas escuelas orientalista y occidentalista.

La primera de ellas defendía un modelo difusionista de relación cultural, pensando que el foco originario de todo este proceso estaba en Oriente, desde donde poco a poco habría llegado hasta Occidente en fechas lógicamente más recientes. Entre los investigadores que defendían esta postura cabe destacar a Childe y en España a Almagro Basch. La Península Ibérica habría sido uno de los primeros territorios europeos en recibir estas influencias sobre sus costas mediterráneas, donde se habrían desarrollado los monumentos más complejos, mientras que en zonas más alejadas del interior el proceso habría llegado más diluido y las formas constructivas resultantes habrían sido más simples. Los occidentalistas defendían, por el contrario, el modelo denominado evolucionista, según el cual el fenómeno megalítico había surgido en Occidente, en los territorios más próximos al Atlántico y posteriormente se habría difundido hacia Oriente. A finales de los años 70 esta idea volvió a tomar fuerza a raíz de la revisión que hizo Renfrew sobre la cronología de todos los monumentos, al obtener numerosas dataciones de C-14 que ponían de manifiesto la mayor antigüedad de los monumentos europeos en casi mil años siendo imposible, por tanto, seguir defendiendo su procedencia del Mediterráneo. Hoy en día se interpreta el megalitismo como un fenómeno plural, poligenista, que surgió en diferentes sitios a la vez sin que necesariamente tuviera que existir entre ellos una relación directa, siendo las cronologías más antiguas las de Bretaña, Inglaterra y Portugal, que se remontan al V y IV milenios antes de la era.

En la Península Ibérica los dos focos más antiguos y representativos de este fenómeno cultural se sitúan en el Suroeste de Portugal, donde están documentados dólmenes sin corredor desde el IV milenio, y en el Sureste, en la zona de Almería, donde se observa una evolución continuada desde el final de la cultura neolítica de Almería hasta la fase calcolítica de Los Millares de la que son característicos los sepulcros de corredor y falsa cúpula denominados tholos. Muchas de estas sepulturas están asociadas a poblados fortificados con grandes murallas y aunque el modelo explicativo difusionista oriental se ha abandonado porque no proporcionaba una explicación satisfactoria, también es difícil pensar que todo este complejo cultural se produjera como resultado de un autoctonismo absoluto, sin ninguna forma de relación externa.

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